Aprendizaje de huerta y de hierbas medicinales

 Ésta es la historia del fracaso de una actividad planteada desde el centro de salud en conjunto con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) que se propuso enseñar a las personas del barrio a aprovechar la poca tierra fértil a orillas del Riachuelo para plantar y hacer la propia huerta.

En el trascurso de la actividad, nadie pregunta a las 4 participantes su manera de cultivar la tierra. Quizás se le ocurre a uno de los profesionales (que cuadruplicamos a las concurrentes) preguntar algo cuando escuchan algo de un saber en el tema, pero a modo de curiosidad exótica. Para plantar algo que crezca rápido para incentivar como algo útil se plantan rabanitos. No hay un nexo entre esto y la salud, porque no difiere del espacio de una huerta cualquiera. Podría estar en cualquier parte. Los que asistimos a las charlas de los del INTA nos ponemos de igual a igual con la gente. Esto genera el vínculo, que es opaco y débil, más que nada por la poca demostración de interés en disimular la obligación de participar. Pero por otro lado, no nos podemos diferenciar de lo que hace un voluntario cualquiera, no existe una respuesta o un enlace con cuestiones de prevención ni temas más personales.

Viene un técnico a enseñar de hierbas naturales. Hasta ahora, nada.

La trabajadora social propone juntarse antes. Nadie concurre. Propone conservar el espacio luego de terminado el curso. Nadie concurre. Se cae el espacio.

¿Por qué?

Claramente no se puede instalar una actividad que no tenga en cuenta el saber popular de base, desde donde se debería haber partido. Pero los actores no tuvieron ni siquiera la noción de que esto era posible, más allá de bajar con el libro o la receta enlatada.