Un curandero de las Filipinas

Juan Sapuc

Hay que levantarse temprano para visitar a Juan Sapuc. En efecto, éste recibe entre las cuatro y las siete y meciia de la mañana. Además, se necesita una hora para desplazarse desde el centro de Manila hasta Pasig, que está en el extrarradio, yeso si el conductor conoce el camino, que de lo contrario se tardará posiblemente bastante más. AÚn no ha amanecido. La entrada del pasillo de acceso a la capilla, débilmente iluminada, destaca sobre la fachada.

Al final del mismo hallamos a Andrea, el ayudante, que anota los nombres de los pacientes en un voluminoso libro de registro y nos da número. La sala es grande; al fondo, a la izquierda, vemos una puerta que da a la sala de operaciones. Cerca de ahi pudimos contemplar unos veinte cuadros colgados de la pared, en marcando fotografías y recortes de periodico con el relato de las curaciones milagrosas filipinas. Un poco más allá, un aparato de aire acondicionado, indispensable durante las ceremonias religiosas.
Habia quince bancos se enfrentan a un estrado de notables dimensiones, separado del resto del recinto por una divisiÓn de obra.

Hay también dos mesas, una de ellas arrimada a la pared del fondo, bajo la enseña de la Unión espiritista de las Filipinas, a guisa de altar; la otra, más prÓxima al público, tras la cual se sienta a esperar el sanador mientras lee la Biblia o el periÓdico, o se dedica a rellenar un crucigrama. Lo que más sorprende a primera vista es su corpulencia y su calma. Bien mirado, Sapuc es un hombre singular. Nacido el 1 de noviembre de 1926, no se hizo sanador sino hasta agosto de 1957. Según rumores acababa de pasar una temporada en la cárcel, y habiendo salido de milagro, tuvo entonces la revelación y juró consagrar a Dios el resto de sus días. Conviene recordar aquí que hasta hace pocos años, las Filipinas eran uno de los lugares más inseguros del mundo, debido a la pasión de los filipinos por las armas de fuego; la menor diferencia de opiniones se convertía fácilmente en un tiroteo. Ésta fue una de las razones por las cuales declaró el estado de sitio, hace algunos años, el presidente Marcos. El país había llegado a ser prácticamente ingobernable. Los que han salido ganando han sido los turistas, que ya no se arriesgan a ser secuestrados, como antes venía ocurriendo con cierta frecuencia.

Cuando juzga que han venido suficientes enfermos, Juan Sapuc se dirige hacia un cuarto pequeño que se abre al landa de la capilla. Este otro recinto viene a ser de unos dos metros por cuatro, lo que es poco si tenemos en cuenta que contiene un banco y un pequeño aparador donde se guardan los diferentes utensilios que emplea el sanador. A saber: un poco de algodón, parte del cual se ha desmenuzado previamente er bolas pequeñas; una botella de alcohol de 90 grados, algunas pinzas, una toalla y una palangana con agua donde se echan los diferentes tejidos extraídos durante la intervención. Allí se ve también la indispensable mesa de madera que sirve para las operaciones, y dos enseñas de la Unión espiritista.
Tan pronto como el enfermo entra. en la pieza, Sapuc hace su diagnóstico. A veces le formula algunas preguntas y, según los casos, hace sentar al paciente en una silla o le ordena que se tienda sobre la mesa, a fin de desnudar la región a intervenir.
Generalmente se practican tres clases de operaciones: la primera consiste en una penetración telecinésica;'el sanador se sirve del dedo de un asistente para realizar a distancia una incisión de varios centímetros de largo y varios milímetros de profundidad. En ese momento el enfermo experimenta, con un cierto retraso en la percepción, la sensación de haber sido cortado. Llegados a esta fase, son posibles dos procesos distintos. O bien Juan Sapuc utiliza la abertura para extraer tejidos de formas bastante raras, después de lo cual junta los labios de la herida y ésta se cierra inmediatamente; o bien deposita sobre la misma una moneda de cobre y luego un algodón empapado de alcohol, para inilamar este último y cubrirlo todo con un vasito puesto al revés, de acuerdo con el tradicional procedimiento de aplicación de «ventosas escarificadas» que conocíamos también en nuestras latitudes. La única diferencia consiste en que nuestros antepasados practicaban la escarificación con un instrumento.
En algunos casos, finalmente, Juan Sapuc logra extraer tejidos por simple manipulación de la piel. En esos casos se humedece ligeramente la parte a intervenir, y se aplica luego una presión bastante vigorosa. La cantidad de líquido depositada en el hueco formado por la presión de los dedos aumenta entonces considerablemente, y adopta coloraciones distintas según los pacientes. Unas veces se pone rojo, y otras adquiere un tinte blanquecino al tiempo que Se espesa. Cuando ocurre esto último, el sanador dice que se trata de pus. La operación concluye siempre con el empleo de una cuchara para eliminar la mayor parte posible de líquido. Finalmente, se procede a limpiar la zona intervenida, en la que no queda huella alguna de la operación, salvo algunas manchas rojas en las personas alérgicas.
Se practican también verdaderas operaciones tradicionales, que pertenecen al dominio de lo que podríamos llamar cirugía primitiva. Se acude a este recurso, efectivamente, en la mayoría de los casos de sanación.

Así hemos tenido ocasion de asistir a numerosas extracciones de lipomas, quistes e incluso cánceres, sin anestesia ni sugestión de ninguna clase, y prácticamente sin hemorragia. En estos casos queda siempre una cicatriz, que suelen cauterizar por medio de un algcdón encendido, limpiando luego con alcohol de 90 grados y colocando al fin un apósito protector.
Algunos médicos occidentales, al ver los documentos tomados por nosotros en aquellas tierras, nos preguntaron qué sentido tenía el emprender un viaje tan largo para ser uperado de una manera tan primitiva. A los que preguntan así, se les puede responder que, por una parte, la mayoría de la clientela está compuesta de filipinos, los cuales se uperan sin dolor por un puñado de pesos en casa del sanadar, cuando en el hospital les habrían cobrado bastante" miles. Sabiendo que en Manila una mujer de la limpieza no gana más de ciento diez pesos al mes, se comprende que los filipinos acudan al procedimiento menos oneroso para curarse de sus males.

 Por otra parte, y en lo que respecta a los pacientes no indígenas, se trata en su mayoría de personas que han pasado ya por las manos de los cirujanos o de los médicos, sin haber experimentado mejoría. Se encontraba allí, por ejemplo, una joven belga que, en su país, había sido intervenida ya varias veCes en la espalda, a consecuencia de un lipoma complicado con graves inflamaciones; el tumor de grasa se empeñaba en reaparecer después de cada operación, Lrascurridos pocos meses.

Obra en nuestro poder la película tomada durante la intervención del sanador en este caso, que sólo duró algunos minutas. Se trata de un documento realmente excencional. Los tejidos extraídos fueron analizados por un laboratorio de patología de Memib, y después repetido el analisis en Francia, confirmamos en ambos casos que se trataba un lipoma.
Sapuc es particularmente eficaz en las casos de cancer y una de sus especialidades consiste en extraer lo que el llama las raíces. Se trata de tejido realmente parecidos a raíces o a lombrices de tierra, de un grueso y una longitud variables según lo avanzado que se halle el cáncer, lo cual determina también el que sean más o menos numerosos. Ignoramos si existe realmente tal cosa, pero el sanador afirma que una vez extraídas esas raíces, si la enfermedad no ha sobrepasado cierto estado se consigue retirarle su virulencia y al cabo de unas sem'lnas o algunos meses los tumores se reblandecen y terminan por desaparecer. Podemos citar, él título de ejemplo, el caso de un joven filipino. Cuando le: vimos por primera vez, su madre lo traía ya cn busca del último recurso, pues el médico que lo trataba había decidido que su cáncer de garganta estaba. tan desarrollado, que habría sido preciso extirparle al muchacho la lengua que traía muy inflamada\" practicarle una traqueotomía a fin de que pudiera respirar e ingerir algo de alimento. Como es de suponer, padecía grandes dolores. Tres semanas más tarde, y después de visitar a Juan Sapuc a diario para ser sometido a diferentes operacioncs alternadas con sesiones de pases magnéticos, su estado había mejorado considerablemente. El dolor prácticamente había desaparecido; la lengua se había desinflado bastante y podía hablar y comer casi con normalidad. Desde luego no se puede decir que aquello fuese una curación; sin embargo nos vimos obligados a admitir una curiosa regresión, sobre todo teniendo en cuenta la fase tan avanzada a la que había llegado la enfermedad. Sea como fuere, sirva este ejemplo para demostrar que, a veces, la intervención del sanador requiere bastante tiempo para surtir efectos.
Desearíamos traer a colación otro caso que nos fue relatado por el doctor M ... , de París, a quien hallamos en Manila. Había ido allí acompañando a una persona afectada por el mal de Alzheiner, con localización sobre todo en el cerebro. La enfermedad había llegado a un estadio tan desesperado, que la familia quiso ensayar una última oportunidad. Por ello rogaron al doctor M ... que acompañase a la paciente, ya en estado comatoso, a las Filipinas. Por consiguiente, hubo de ser transportada en camilla. Al cabo de diecisiete días de tratamiento por Sapuc, ya empezaba otra vez a caminar y hablar.