Hidroterapias

Hidroterapia externa

A lo largo de los tiempos se han atribuido al agua propiedades terapéuticas e incluso milagrosas, desde los antiguos baños romanos y turcos hasta las aguas curativas de Lourdes. Incluso la palabra hidro (agua) ha sido utilizada para denominar lugares de curación. Es evidente que el agua es un valioso medio terapéutico, ya que toda forma de vida depende de su presencia. Nuestros tejidos están formados por dos terceras partes de agua, y aunque podemos vivir sin alimento durante largos períodos de tiempo, el agua resulta esencial para evitar que los tejidos se deshidraten y mueran, A nivel bioquímico, el agua del cuerpo es vital para mantener concentraciones normales de sal, permite la ósmosis, toma parte en los cambios químicos del sistema digestivo y ayuda a que se realice la peristalsis, la contracción rítmica que transporta la comida de la parte posterior de la boca al estómago. Desde el punto de vista de la hidroterapia, lo realmente importante es el hecho de que el agua proporciona el medio de transporte para eliminar los productos de desperdicio del cuerpo. Cada día, las glándulas sudoríparas del cuerpo excretan unos 850 mililitros de agua, de los cuales aproximadamente una vigésima parte contiene desperdicios nitrogenosos. Uno de los beneficios producidos por la hidroterapia consiste en aumentar la eficacia de las glándulas sudoríparas.

Un gran defensor de la hidroterapia fue el padre Sebastián Kneipp (18211897), párroco de Worishofen, Baviera, cuyas curas de agua se hicieron mundialmente famosas. Kneipp sostenía que la finalidad de la hidroterapia es «disolver, eliminar y robustecer. Éstos ... son los atributos principales del agua, y sostenemos que el agua es capaz de curar cualquier enfermedad curable, ya que sus diversas aplicaciones empleadas correctamente atacan directamente la raíz del mal y tienen como resultado: 1) la disolución de los gérmenes de materia enferma que contiene la sangre, 2) eliminar la materia enferma del sistema, 3) restablecer la circulación correcta de la sangre purificada, 4) fortificar la constitución débil, dejándola lista para renovar la actividad».
Sin duda, el agua es un medio adaptable para ser utilizado en terapia. Posee fluctuación y, al ser un líquido, puede llevar a cabo una amplia gama de movimientos y presiones. El agua puede utilizarse en forma de chorro o mediante atomizadores que permiten controlar su presión. Gracias a sus propiedades térmicas, el agua puede aplicarse en una amplia gama de temperaturas. Terapéuticamente, puede utilizarse tanto interna como externamente.
Una de las leyes fundamentales de la hidroterapia es la de la acción y la reacción. La aplicación de calor sobre la piel atrae la sangre a la superficie, pero éste no es un efecto duradero, pues la sangre finalmente regresa a las venas más profundas. Por el contrario, la aplicación de agua fría tiene el efecto inicial de alejar la sangre de la superficie. Pero además tiene un efecto secundario y duradero: el calor, ya que la ley de la acción y la reacción hace que la sangre deba regresar a las venas y tejidos de los que fue expulsada. Podemos ver cómo funciona esta ley en los tres tipos fundamentales de hidroterapia: los baños fríos, los baños calientes y los baños alternando agua caliente y fría.

 

Baños fríos

 

Las aplicaciones cortas de agua fría tienen un efecto tónico y revigorizador sobre la parte en tratamiento. Inicialmente, la aplicación de agua fría provoca palidez y frío en la piel debido a la contracción de los vasos capilares. Si no se prolonga el frío, los síntomas anteriores son sustituidos por un color sonrojado producido por la dilatación de las pequeñas arterias de la piel. Este efecto es duradero y tiene gran importancia en hidroterapia. Por lo central, uno de los métodos más efectivos de baño frío es dejar  correr el agua, a una temperatura no inferior a los 16° C, dentro de una bañera hasta una altura de unos 25 centímetros. El paciente se sienta en la bañera, con lo cual el agua le salpica el pecho. Luego se pone de pie y corre dentro del agua durante unos segundos. El tiempo total de sumergimiento debe ser de treinta segundos a dos minutos.
Un buen consejo para emplear el agua fría es que se debe aplicar en todas las partes del cuerpo que sufran de hiperemia, y que resulta necesario igualar la severidad de la aplicación fría con la energía vital y los poderes recuperativos de la persona en cuestión.

En general, hay que evitar las aplicaciones prolongadas de agua fría a niños menores de siete años, a personas de edad avanzada, y a aquellos que sufren la enfermedad de Bright, anemia, problemas cardíacos, o tensión nerviosa e histeria.
 

 

Baños calientes

Los baños calientes son principalmente enervantes y aumentan la eficacia de las glándulas sudoríparas. Cuando se aplica calor a la piel, las arterias vecinas se dilatan, la sangre pierde velocidad al introducirse más cantidad en las arterias cargadas, lo cual causa irritación y congestión. Si no se elimina el calor, la sangre queda obstruida y se produce la transpiración. Los baños calientes empiezan a 38°C. A los baños calientes se les puede añadir varias preparaciones medicinales y herbarias, pues los poros abiertos de la piel absorben más fácilmente los ingredientes activos de estas preparaciones.

También se les puede agregar sal, algas marinas, sal marina, sulfato hidratado de magnesia, sodio y azufre para tratar dolencias que van desde la artritis, el reumatismo, la parálisis y la mala circulación, hasta el malestar general y la fatiga muscular. Introducir en el agua mezclas de hierbas puede ser de gran utilidad, ya que las distintas hierbas tienen diferentes efectos, por ejemplo: los capullos de lima, la valeriana, la manzanilla, la rosamaría y la cola de caballo están recomendadas para tratar dolencias nerviosas.