Autosugestión

El sistema psicoterapéutico más conocido es el denominado coueísmo, elaborado por el francés f:.mile Coué (18571926). Coué creía que aplicando habilidosamente la autosugestión, los pacientes que trataban de vencer sus síntomas se aliviarían. De hecho, él calculaba una tasa de resultados positivos de hasta un 97 %.

Inmediatamente después de la primera guerra mundial, el coueísmo alcanzó el cenit de su popularidad; incluso se llegó a decir que era un método psicofísico que rayaba en la panacea. La  gran reputación de este método se debía básicamente a tres factores. En primer lugar, hemos de tener en cuenta la gran incidencia que ha tenido sobre el pensamiento occidental la obra del filósofo francés René Descartes (15961650), quien postuló que el hombre puede y debe ser el «dueño de sí mismo». Esta afirmación queda resumida en su sentencia «Pienso, luego existo» (Cogito, ergo sum), la cual ha sido interpretada durante siglos en el sentido de que se puede resolver cualquier problema sólo aplicando el pensamiento lógico, sin ayuda externa alguna. Hoy en día aún podemos apreciar la influencia de la filosofía cartesiana cuando oímos que se dice a un paciente de psiconeurosis: «Todo lo que tiene que hacer usted es adoptar una actitud mental más positiva en lugar de la actitud negativa actual», o «Serénese». A los millones de personas que aceptaban este concepto cartesiano en relación con los desórdenes emocionales, y veían en sus síntomas un signo de debilidad debido a que no podían controlar sus sentimientos, el coueísmo les pareció la respuesta más aceptable, puesto que se decía que la autosugestión era «un instrumento para el autocontrol» .

El segundo factor de su amplia aceptación era que no sólo ofrecía a las personas que sufrían de desórdenes psicológicos un modo de ayudarse a sí mismas, sino que también constituía una manera de producir cambios orgánicos y curaciones de enfermedades físicas que hasta entonces no habían respondido a los tratamientos médicos ortodoxos.
Finalmente, parecía ser un método muy simple, y además no sometía a un régimen estricto a la persona que deseaba utilizado. Muchos pensaban que todo 10 que había que hacer era seguir las instrucciones que Coué daba a sus pacientes en su clínica de Nancy. Cada noche antes de dormir y cada mañana al despertar, el paciente debía repetir mentalmente durante 15 o 20 minutos: (Cada día voy mejorando en todos los aspectos». Y fue principalmente esta extrema simplicidad la que acabó con la reputación del coueísmo, ya que las personas que lo empleaban de modo tan simplista no tenían en cuenta la actuación personal de Coué antes de instruir a sus pacientes en la utilización del patrón de sugestión.
A fin de comprender la autosugestión en tanto que sistema terapéutico es necesario estudiar su desarrollo. Durante los años 1885 y 1886, Coué se interesó por la labor y los experimentos realizados por uno de los fundadores de la hipnosis moderna, el doctor A. A. Liebault, quien fundó lo que llegaría a conocerse como la Escuela de Hipnotismo de Nancy. Fue Liebault quien afirmó que el éxito de la hipnosis se debía por entero a la sugestión. Algunos años antes, en sus libros publicados en París en 1823 y l 826, Alexander Bertrand afirmó que el estado hipnótico y los efectos de la hipnosis eran producidos por la propia imaginación del paciente. Conociendo estas teorías, a Coué le pareció lógico que si toda hipnosis era en última instancia «autohipnosis», y si los resultados de la hipnoterapia procedían de la aceptación de la sugestión por parte del paciente, podía crearse un método que hiciese innecesaria la presencia del hipnotizador. La idea de obtener los beneficios de la hipnosis sin la presencia de un hipnotizador fue muy bien recibida, ya que por aquel entonces al igual que ahora, la gente creía que el hipnotizador era una especie de ser superdotado poseedor del magnífico don de poder apoderarse de la mente y de los procesos mentales de los mortales inferiores a él y, naturalmente, temía ser hipnotizada.
A pesar de que Caué no utilizaba la palabra «hipnotismo», el método que empleaba con sus pacientes (se calcula que antes de la primera guerra mundial trataba, aproximadamente, 40.000 pacientes al año) era hipnótico.

Inicialmente, cada paciente pasaba por una serie de pruebas de sugestionabilidad hipnótica para asegurarse de que era receptivo a la sugestión, y sólo cuando todos los experimentos (como prefería llamarlos Coué) tenían éxito, el paciente estaba listo para recibir «sugestiones curativas». Cuando el paciente se encontraba en un estado alterado de conciencia idéntico al de la hipnosis, Coué le pedía que cerrara los ojos, y entonces le decía que todas las palabras que oyera a partir de ese momento quedarían grabadas en su mente. Por último, le transmitía una serie de sugestiones encaminadas a promover el bienestar psicológico y físico.

En sus obras, Coué explicaba que era necesario que las sugestiones que daba a sus pacientes fueran repetidas periódicamente hasta que se produjese una mejoría notable de la enfermedad, momento en que, poco a poco, las sesiones se reducirían hasta ser completamente suspendidas. Coué también creía que para recuperar la salud no bastaban las sesiones que .él realizaba; los pacientes desempeñaban un importante papel en el proceso curativo; en efecto, tenían que repetir diariamente, al levantarse y al acostarse: «Cada día voy mejorando en todos los aspectos».
No se puede negar que la autosugestión puede ser útil para ciertas personas, pero a menudo ésta debe complementarse con una ayuda externa, sin la cual puede sobrevenir el fracaso.

Por otra parte, la mayoría de la gente aún ve la hipnosis con más miedo que escepticismo. Este temor, engendrado por los antiguos hipnotizadores de teatro, puede resumirse en cuatro clases:

1) Temor a permanecer inconsciente (dormido) durante la hipnosis, y a no recordar después 10 sucedido durante la sesión. 2) Temor a perder el control verbal y revelar secretos durante la sesión.
3)    Temor a ser dominado por otro ser humano.
4) Temor a no retornar al estado normal de conciencia una vez acabada la sesión hipnótica.
En realidad, nadie puede ser hipnotizado contra su voluntad.
El estado hipnótico es voluntario y no subjetivo, y durante la hipnosis el paciente/sujeto se da cuenta en todo momento de lo que sucede; de ahí que nadie hable durante la hipnosis a no ser que quiera hacerla. Finalmente, puesto que tan sólo se trata de un estado alterado de conciencia, no existe el peligro de que el paciente/sujeto permanezca en estado hipnótico.

El empleo de la hipnosis ha aumentado debido a que cada vez hay más personas que se preocupan de la contaminación interna provocada por el abuso de fármacos y de las enfermedades iatrogénicas (enfermedades causadas por medicamentos). La hipnosis puede ser extremadamente útil para tratar ciertas dolencias psiconeuróticas, para ayudar a las personas a vencer los patrones de conducta adquiridos a través de la educación, para dar a luz, etc., pero no es adecuada para todo el mundo, y su eficacia depende en gran parte del hipnotizador. Si tenemos en cuenta que la mayoría de los médicos, tanto ortodoxos como heterodoxos, no han recibido una instrucción adecuada sobre la aplicación de la hipnosis y sobre los factores psicodinámicos que pueden estar en la base de un síntoma, comprenderemos que hay que tomar precauciones al utilizar la hipnosis.