Oscuridad y miedo

Oscurecía, y él estaba ahí, parado frente al cuerpo de la mujer que más había amado en su vida.

Solo. Todos se habían retirado y él le había pedido al dueño de la funeraria que, por favor, lo dejara aquella noche a solas con ella. Tuvo que entregar dinero y soportar la cara de asco de aquel sujeto, pero no importaba. Debía pasar aquella noche a su lado.
En sus manos tenía un maletín, de esos que usan los médicos para hacer las visitas a domicílio. Pero en su interior no había estetoscopios ni
pastillas. Había una estaca; un martillo; un serrucho; un crucifijo y un poco de agua bendita. Su amada había sido atacada por un nomuerto, y ahora ella también sería parte del ejército de la cruz volteada. Solo había que incrustarle la estaca hasta que el corazón se convirtiera en cenizas para que ella no deba sufrir la desesperación del hambre eterno. Luego cortar su cabeza, para que la tarea fuera completa. Pero aún no pensaba en eso.
Todo paso a paso, como había leído en los libros.
Lo peor en estos casos era la imagen del muerto. Los cachetes no necesitan maquillaje porque permanecen rosados, al igual que los labios. No existe palidez, ni rigor mortis, ni putrefacción. Permanecen ahí. En un estado de sueño que el médico identifica como muerte, pero que es sólo sueño.
Un sueño sin sueños y con la terrible pesadilla de despertar y tener hambre. Sobrevivir eternamente, pero con hambre.
El hombre la miraba. A nadie le había contado de las últimas noches de su amada, que
en sueños invitaba a alguien a entrar en la habitación; que dejaba abierta la ventana y, aunque él la cerrara, al amanecer estaba nuevamente abierta; que comenzó a ponerse pálida y a aborrecer el sol y que, sólo cuando estuvo médicamente muerta a raíz de hemorragias que no existieron volvió a recuperar el color y la vida de su hermoso rostro.
A nadie le contó tampoco que, cuando fue a anudarle el rosario de la abuela en la mano para que con él la enterraran, tuvo que sacárselo porque la muñeca comenzó a arder.
A nadie le contó. Y por eso estaba alli, con el
riesgo de que el dueño de la funeraria pensara que quería tener sexo por última vez con aquella mujer.

Esperaba. Desde hacía horas que esperaba.

La tarea no era fácil. De hecho, era asquerosa.
Clavar una estaca en el corazón y cortarle la cabeza a alguien no era muy recomendable para estómagos delicados, y si bien él era valiente y podría hacerla, se complicaba al ver el rostro de su amada. Iba a ser para el bien de ella, eso lo tenía claro. Pero la mano en el maletín le temblaba.
Debería ser en aquella noche. No podria pasarse. Los no muertos no tardan en despertar por primera vez de su sueño sin sueños. Pero costaba. Costaba mucho.

¿Por qué nunca nadie habla del inmenso amor que se debe tener para clavarle una estaca en el corazón a alguien?

Abrió el maletín. Sacó el instrumento afilado.

Obviaría el primer paso, ese que incluía al agua bendita y el crucifijo. El no era creyente, por lo tanto, aquellos no eran más que objetos sin fe. Además, no estaba dispuesto a ver sufrir a aquella mujer quemándose y gritando mientras las llagas le abrian la piel (en el hipotético caso de que, aún sin fe, aquellos objetos cumplieran su función).

Un golpe. Dos golpes. Quizás tres. Después serían las cenizas, o quizás cortar su cabeza. Luego, si todo salía bien; la policía. O quien sabe qué. Ahora debía liberarla.

Apoyó la punta de la estaca en el pecho de ella. Ya no temblaba tanto. Sólo lloraba sin sonidos.
Levantó la mano derecha la del martillo y pensó en lo feliz que serían ambos cuando se encontraran en el más allá y vivieran por siempre juntos (no era creyente, pero en aquel momento encomendó el alma de su amada a Dios). Cuando la mano del martillo bajó para chocar contra la estaca, ella abrió los ojos. Nunca la había amado tanto como en ese momento.