El Número de la bestia

EL APOCALIPSIS Y EL CRISTIANISMO

 

Las Siete Iglesias de Asia con que se inicia el Apocalipsis de Juan son una alusión crítica, aunque incuestionable, de los distintos tiempos de maduración de la Cristiandad, desde su inicio como civilización a su conclusión. De hecho, ambos extremos están abrazados por los dos momentos estelares de esta religión, con el nacimiento de Cristo y con su segunda venida: el primero como inicio de su Iglesia y de la difusión de su doctrina por el mundo, yel segundo como cierre del orbe cristiano, que al nacer con ansias de rotalidad tendrá por fuerza que abarcar también a toda la Humanidad, incluso a quienes no reconocieron, ni aún le conocen.

La Tradición dice que ese instante final del Apocalipsis vendrá cuando el último de los hombres haya ardo la palabra del Evangelio, de ahí el celo que desde siempre tuvieron los misioneros por extenderla por los cuatro puntos cardinales. Se diria que, con ello, el cristiano ansia ese final, y de hecho es asi, porque con él notará el retorno de su maestro añorado, sin duda el mayor bien que puede esperar la Humanidad en este «valle de lágrimas». Con la creciente secularización, los hombres y los sacerdotes se olvidan de la «palabra)) en la que creyeron, sobre todo en la iglesia latina. En cambio, entre los ortodoxos la conclusión del Apocalipsis se ve como una liberación deseada y cada vez más próxima.

Aquellas edades cristianas del tiempo eran siete. Es difícil creer que las referencias que el texto guarda en relación a este número no tengan algo que ver con ellas.

Ante los primeros avisos, los hombres no se convierten, sino que, en su soberbia, se resuelven contra Dios. No en vano por todas partes se percibe la sensación de que nuestros semejantes se encuentran en una vertiente vertiginosa, acelerada, e irreversible, donde toda capacidad de reacción está viciada, sin voluntad. Son los momentos de la muerte del alma. En estos momentos del sexto sello, y previo al desencadenamiento de la catástrofe, tiene lugar la marca de la Humanidad. Los ángeles tocan en las frentes a los elegidos de Dios, mientras que el Anticristo impone a los suyos el número fatidico de sus escogidos. Resulta sorprendente constatareste hecho con la insistencia que ponen en él todas las apariciones marianas de la actualidad. Según tales apariciones, los seres celestes están sellando a los fieles que todav,ia conservan algunos residuos de humildad Y suspiran en la fe del reino. Cuando esta labor concluya, al menos las tres terceras partes de la Humanidad perecerán por el fuego, un fuego que, según las visiones, no sólo calcina, sino que arrasa incluso los relieves de la Tierra. Volvemos a encontrar los sanes del combate, como ya nos han recordado qué sucederá otras religiones de la Tierra.

El sonido de las trompetas es la música metálica del final de una batalla que no ha cesado desde el principio. La suerte ya está echada, no obstante, Y no habrá sorpresas. En la memoria colectiva de todos los guerreros de la Tierra y de todos los tiempos, las trompetas despiertan al combate. Incluso al combate ultramoderno  de artefactos espaciales. ¿Vio Juan extrañas máquinas voladoras, supersónicas, con armas sofisticadas, engendradoras de fenómenos y deformaciones impensables para su época? Sin duda. Todo está ahi, en el Apocalipsis: la contaminación, las pestes almacenadas en tubos de ensayo; las nuevas enfermedades, fruto de una desmesurada agitación y de una generalizada indefensión; rayos de la muerte; engendros mecánicos de destrucción sistemáticos, indiscriminados, totales; las amenazas atómicas,
Lo dicho hasta ahora es suficiente para hacer reflexionar y retomar aquel texto.

No obstante, qué decir cuando todos los gobiernos de los países más avanzados del mundo están trabajando ya, desde hace algunos ailos, en la confección de tarjetas únicas de crédito y de identificación, fácilmente informatizadas, controlables, con todos los datos y pasos de nuestra vida, y qué decir si esos planes políticofinancieros tienden a preferir un número clave sobre todos, Y que esa cifra sea precisamente el 666, el número del Anticristo, el número de hombre, que no de demonio o diablo fácilmente reconocibles y, en consecuencia, atemorizantes.

Una sociedad sin dinero circulante y con una sola tarjeta de crédito? .. Computarizar a toda la Humanidad: abrir la puerta de la felicidad aparente y someterla. Esto, hoy, no es ya pura especulación. Tal vez la extraña insistencia del «666» como clave numérica en los nuevos y sutiles instrumentos de dominio sea hasta una nueva coincidencia, una ((casualidad», si es que ésta existe. Pero lo que no es ningún equívoco es la tendencia del mundo hacia un economicismo informatizado "bestial", sistemático, arrollador.