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Medicina tradicional peruana

 

Los sistemas de medicina que nos convocan resaltan el uso, casi corriente, de los llamados "Despacho", "Alcanzo" o "Pago". La mayoría de los expertos hacen uso de ellos. Son una especie de ofrenda a los espíritus de las grandes montañas, temidas y veneradas, a la propia tierra, considerada como un ente consciente y vivo en el sentido de una existencia no limitada, a la manera del filosofar occidental, como pura materia inerte, pues para los médicos autóctonos no existe lo inerte, sino que responde y actúa a nuestro llamado con sus virtudes y radiaciones, de acuerdo a nuestras necesidades y súplicas. Se establece una sintonía.

 

Los "Despachos" son incinerados a altas horas de la noche, en el ugar más alejado y silencioso. Las cenizas no deben ser vistas por nadie, >orque el mal se transmite al que lo ve. Es preciso cubrirlo bajo tierra ¡ntes de la aurora. Un tópico de sumo interés reviste los llamados "Kutichi" o "Kuti­hiskka ", que es la reversión del mal al causante. Tiene lugar en los males , enfermedades por hechicería.
El baldamiento por hechicería, por ejemplo, necesita un "Kuti­hiskka "

Es hecho comprobado que la acción del mal revierte al causante, es decir a quien lo produce. En esta materia urge un claro y atento sondeo Fin de dar pautas seguras, Al decir que el mal recae en quien lo produce, no se refiere al brujo, sino a la persona por cuya orrlendirecta operó y actuó el hechicero.

 

He dicho "precisa un claro y atento sondeo", porque un médico 'idal académico nunca cura un maleficio. Pero el curandero nativo, aun 11 ser hechicero, sabe deshacer y anular dichas acciones, cura a esta clase de pacientes. A veces juzgamos que un tullido se encuentra postrado debido a una etiología particular, según el facultativo oficial. Pero esto no es cierto, sino que el tullimiento fue causado por una brujería. Entonces necesita la intervención de un curandero.

En la medicina andina cabe considerar un nuevo aspecto, el sistema mado "Muda". El sistema consiste en trasladar o cambiar el mal de un fermo a un cuerpo receptor apto. Sólo en determinados casos se em­la este sistema, aunque no precisamos cuáles son estos casos o en qué se de enfermedades.

 

Los cuerpos aptos para la "Muda" (en quechua, Sokkma) preferen­nente son el conejo o cobaya negro, el perro negro y, a veces, el blan­La paloma, el sapo o pachakuti, la culebra (Assiru), la tórtola, el 6n campañol de cordillera, la lagartija. Así mismo, monedas de plata, 'luelo color rosa, cereales, etc.

Cuando el mal pasó el término o plazo de ser tratado, que en que la llaman "chayaskkaña ", no surte efecto dicho sistema.

Con uno de estos cuerpos aptos, segÚn de qué se trate, se le pasa al enuo y le saca o extrae el mal. Cuando se procede con conejo, por ejemplo, luego que se le pasó con el animal por la zona afectada, se le desuella, procediéndose a examinarlo, descubriéndose dónde está radicado el mal. Por este examen se encuentra y lee, según los entendidos, con toda claridad, el grado de la enfermedad, el órgano afectado y otros da­tos de importancia. Es una especie de radiografía obtenida para el estu­dio y análisis y para ver qué es lo que conviene hacer.

Al anterior sistema hemos de agregar el llamado "Willka o Willkas­kka". Es otra suerte de "Muda", con la diferencia de que aun las personas sanas pueden ser tratadas con este sistema, para preservarlas de enfermedades a las que el organismo puede estar predispuesto. Es una especie de inmunización antelada. Con la aplicación del "Willkaskka" no se con­traen fácilmente enfermedades.

Sorprenden y maravillan todos estos conocimientos. Parecen exóti· cos, pero son positivos. Conducen a pensar que existe una escala sin interrupciones entre el cielo y la tierra. Todo está íntimamente ligado. Son como las cuerdas de un arpa estupenda que debe ejecutarse con sapiencia, y no rasguear si se quiere ofrecer un concierto armonioso, algo que condice con la paz del corazón y la alegría de vivir con salud cabal.

Una serie de nuevas recetas, consejos y otros datos incrementan este libro Medicina Andina, Farmacopea y Rituales. La presente oportunidad la hago propicia para hacer un llamado recomendando se realice, a nivel nacional, en este campo de la medicina popular campesina y andina, una recopilación, si fuese posible exhaustiva, en el ámbito de todos los depar­tamentos, provincias, distritos, villorrios donde se encuentran, por felici­dad, fases interesantísimas de la medicina del portentoso Tawantinsuyu de nuestros mayores. Además, debería otorgarse autorización estatal a nuestros curanderos y herbolarios para el ejercicio de su noble misión, ya que éstos con un oportuno aliciente podrían superarse más, y así aflora­rían valiosos secretos mantenidos desconocidos a falta de inteligencia y comprensión.

Eso de perseguirlos y ponerlos en tela de juicio combatiéndolos está bueno para la época de los Torquemada, que tenían sutil olfa­to para encontrar herejes aun en el vuelo de las moscas, sin compenetrarse de la valía y el gran espíritu humano que acompaña y anima a la ma­yoría de los naturistas, curanderos y herbolarios andinos, como pude comprobar con un poco de dulzura evangélica para con ellos, y sin cuya colaboración este libro no se hubiese podido realizar.

Sugerimos que se incluyan en los programas educativos lecciones de medicina general en los centros de enseñanza a nivel superior, a fin de impartir conocimientos básicos para conjurar los males y enfermedades, y que se contrarreste la ausencia de médicos apóstoles dentro de su profesión y la falta de drogas que hoy son un lujo prohibitivo para la anémica oconomía de nuestro sufrido pueblo. Pudiendo recurrir al gran labo­ratorio de nuestra Selva, Sierra, valles y collados, donde hay materia medien de sobra para todos nuestros males y dolencias, siendo posible repetir las palabras bíblicas: "¿Acaso no hay bálsamo en Galad para curar nuestros males?"

Es ineludible en esta ocasión referimos al "Hanpi Kkhátu", la farmacia popular por excelencia en. cada pueblo, en donde la humanidad reunida por tantas dolencias, males y enfermedades halló y puede hallar el remedio eficaz apropiado para recobrar la salud. Allí están los "remedios caseros" para la "medicina casera". Allí están, llamativos, diversos animales disecados, plantas secas, sus flores, sus hojas, sus frutos, sus raí­ces, su corteza, sus resinas, etc. Allí está la materia médica mineral, los compuestos, las especias de toda clase y un sinfín insólito de cuanto na­die puede imaginar existe y se encuentra en ese mercado sui generis. Un verdadero caleidoscopio apropiado para un laboratorio de alta química, como ninguno en el haz de la tierra.

No podemos omitir dedicar especial mención a las vendedoras de yerbas medicinales, de específicos y otros menjunjes que los indios viejos les traen, de cuando en cuando, de sus punas y ayllus, de quebradas y valles, quienes sentadas y arrellenadas en sus amplias y mullidas polleras, hacen de beneméritas farmacéuticas; las "Hanoi Kkhátu" cusqueñas, pu­neñas, ayacllchanas,huancaínas, apurimeñas, año tras año, en sus puestos en el mercado de sus pueblos ofrecen a los clientes todo aquello que el curandero y herbolario tradicionales necesitan para confeccionar sus recetas. Las señoras de la urbe, los caballeros de alta alcurnia con sus esposas o con sus hijas, a veces se detienen ante esos puestos, curiosean y ríen al mirarlas.

Ellas, las vendedoras "Hanpi Kkhatu" (mamita, le dicen los indios), tranquilas, calladas, para sus adentros censuran la necedad de esos señores blancos, los mistis, cuando irónicamente las miran y sonríen: "Upa­llay opa, ñawikipin k 'opa"; "Cállate necio, basuras tapan tus ojos".

¿Acaso no hay bálsamo en esos puestos para curar nuestros males? Al finalizar este preámbulo expreso mi mayor reconocimiento a las personas que con noble desinterés me brindaron su valiosa colaboración en la realización de este libro, particularmente a don Leónidas Arias, no­table parasicólogo, cuyas intervenciones han sido positivas en casos suma­mente difíciles, en beneficio de quienes acudieron a sus vastos conoci­mientos que honran la medicina naturista autóctona, mediante los sistemas tradicionales de la terapéutica andina o tawantinsuyana. Así mismo, a la señora María JesÚs B. Vda. de Catalán, ya finada, excelente obstetriz, con singulares conocimientos de ginecología y pediatría antiguas, aun­que de ella sólo anoté lo referente a los atavismos. De igual modo a la se­ñora Matilde Bustamante Penna y Lillo; a la notable Tomasa Challko, de Andahuayillas, especialista en traumatología, de quien lamentamos su temprana desaparición.
En el Cusco, cabe asimismo destacar los nomhres de los señores Guillermo Elaez e hijo, Jerónimo Elaez, autoridades sobresalientes en la especialidad de traumatología y cuyos nombres son ampliamente conocidos en todo el sur del Perú. No olvidemos a Juan Kkollana, destacado traumatólogo.

No se puede dejar de mencionar a don Jorge Delgado, de Curahuasi, Apurímac, eximio esotérico con conocimientos extraordinarios en un plario nada común, conforme lo ratificó el gobernador de aquella localidad, señor Oblitas, al tiempo de hospedarme en su casa durante uno de mis viajes de trabajo por aquellos lugares. Además, Jorge Delgado es un parasicólogo de primer orden, de invalorables logros y alcances.

En otras latitudes del país figuran los nombres del finado señor Pablo Villacorta, en Ancash y Trujillo; en Chimbote, el señor Máximo Cam; en Huancayo, don Alberto López. Máximo Cam, naturista, especia­lizado en afecciones broncopulmonares, y Alberto López, mentalista, con sus diagnósticos e intervenciones a distancia.

Tengo la certeza de que el presente libro será una nueva contribución al saber médico naturista y un homenaje de justo reconocimiento él quienes se encuentran en el generoso empeño de cumplir el deber de velar por la salud de nuestros hermanos. Espero que cuantos hagan uso de este libro hallen en sus páginas algo que les sea útil en momentos apremiantes, y que también contribuya a que los estudiosos vuelquen sus esfuerzos en la realización de nuevas investigaciones en el hermoso campo de la medicina de nuestros Andes, donde floreció la ciencia de la salud antes que en Grecia y donde primero tuvo vigencia la sentencia: Alma sana en cuerpo sano.