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Alopatía y homeopatía

 


En 1842, Hahnemann introdujo el término «alopatía» para denominar el método terapéutico basado en el empleo de me­dicamentos que en la persona sana ocasionan la aparición de síntomas contrarios a los de la enfermedad que se intenta curar. y a que las drogas alopáticas no se administran en base a su relación patológica con la condición bajo tratamiento, su incorporación al cuerpo tan sólo añade una condición sintética al organismo ya enfermo, incrementando la carga de la función enferma. La alopatía es la antítesis de la homeopatía.

 

La homeopatía, a lo largo de su historia, siempre ha sido considerada por los alópatas como un símbolo de discordia con lo que podríamos llamar medicina ortodoxa. Quizás esto se deba a que ningún investigador ha sido capaz de explicar el incuestionable poder de los remedios potenciados; una pastilla o gránula homeopática sólo muestra, bajo análisis químico, la presencia de su sustancia base.

Lo que es más significativo, es quizás el hecho de que la homeopatía da una importancia secundaria a los paliativos, catárticos tales como la aspirina no se emplean en absoluto, además en cualquier tratamiento homeopático el paciente debe cooperar activamente con su médico. La mayoría de la gente sólo desea un alivio rápido, no importándole si esta sensación de alivio procede realmente de un estado de buena salud. En este sentido la homeopatía se encuentra en desventaja respecto a la medicina ortodoxa, ya que el médico homeopático no puede simplemente «acabar con el dolor».

Como sistema médico, la homeopatía siempre ha tenido en cuenta la interdependencia entre el paciente y su situación social, familiar, geográfica y laboral, así como los factores ocultos. Hace más de cien años Hahnemann decía que al curar, el médico homeopático recurre al conocimiento de hechos relacionados con la historia clínica del paciente en caso de enfermedad crónica, y más en particular al carácter de su mente y temperamento, a su ocupación, a su estilo de vida y costumbres cotidianos.

Las ciencias empíricas, en las que se basa la medicina ortodoxa, no pueden aceptar aquello que no puede medirse ni comprobarse, negándose a tomar en cuenta factores tales como saber si el paciente se encuentra mejor por la mañana o por la noche, si el lado derecho está peor que el izquierdo, y muchos otros fenómenos que todos conocemos.

 

Se ha despreciado a la homeopatía por basarse en la sintomatología. Aunque es cierto que la preocupación del homeópata por los síntomas es considerablemente más minuciosa que la de la mayoría de sus colegas alopáticos, también es necesario señalar que en casi todos los países occidentales, los homeópatas se ven obligados a recibir una enseñanza ortodoxa completa y a registrarse en la asociación médica nacional para poder ejercer. Por lo tanto, no puede negarse la superioridad de los homeópatas con respecto a los alópatas, ya que los primeros combinan las enseñanzas ortodoxas con la homeopatía.


La homeopatía actual


Al observar los problemas cada vez más graves que nos acosan como resultado de la contaminación ambiental podríamos citar un ejemplo muy ilustrativo de la importancia real que actualmente tiene la homeopatía. El hombre del siglo xx, aunque es incapaz de demostrarse a sí mismo las ventajas de los efectos a largo plazo de su política con respecto a los recursos, se limita a agotar caprichosamente sus recursos naturales. a quemar hidrocarburos irremplazables y a eliminar indiscriminadamente los materiales de desecho, sean nocivos o no. Éste es el resultado de haber atribuido la máxima importancia al bienestar inmediato. Del mismo modo, los médicos alopáticos se limitan a recetar paliativos, antibióticos y esteroides, llenando arbitrariamente el cuerpo del paciente de potentes sus­tancias extrañas basándose en la simple suposición, por demás discutible, de que los efectos benéficos superan a los nocivos.

Además, puede observarse que los remedios homeopáticos se encuentran en la naturaleza, y por lo tanto son mucho más apro­piados para una época que prevé el inevitable colapso de una sociedad basada en la industria petroquímica.

 

El simulador de potencia Rae


El simulador de potencia Rae, llamado así en honor a su creador, el londinense Malcolm Rae, permite la preparación de los remedios homeopáticos sin recurrir directamente a las sus­tancias biológicas pertenecientes al reino vegetal, animal o inor­gánico, con las que se preparan normalmente dichos remedios.

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En sus primeros experimentos, Rae .colocaba un recipiente con agua purificada o suero de sacarosa y lactosa en el centro de la carta. Cuando ésta se encontraba alineada correctamente con el campo magnético de la Tierra, podia producir un remedio de potencia casi infinita. Haciendo girar la carta a fin de producir diferentes grados de desalineamiento con el campo magnético de la Tierra, se conseguían remedios de diferentes potencias.


Rae llevó a cabo sus descubrimientos en los años sesenta mientras realizaba una investigación sobre los métodos radio­estáticos para medir la potencia homeopática. El método que se suele emplear consiste en colocar el remedio en un extremo de una regla de un metro, y luego pasar por encima de la regla en sentido longitudinal un péndulo hasta llegar a un punto don­de el péndulo se balancea exactamente en ángulo recto con res­pecto a la regla; este punto da una cifra de potencia relativa. A Rae se le ocurrió que este punto de equilibrio podría ser una «frontera» entre el campo energético local del remedio y un componente del campo magnético de la Tierra. Esta supo­sición fue verificada hasta cierto punto cuando realizó varias mediciones con la regla y el remedio, orientándolos en varios ángulos con respecto al campo magnético de la Tierra, lo que le llevó a descubrir que las lecturas con el péndulo variaban.

Entonces Rae llevó a cabo una serie de mediciones de dife­rentes remedios homeopáticos. Trazó los resultados de cada uno

en un papel gráfico polar (circular), y unió los puntos adya­centes para obtener un dibujo geométrico en el papel. Descubrió que cada remedio correspondía a un dibujo geométrico único, cuyo tamaño variaba con la potencia.

El primer pensamiento de Rae fue averiguar si lo contrario también era cierto: si la interacción de un dibujo geométrico con el campo magnético de la Tierra crearía una réplica de dicho remedio. De nuevo su teoría se comprobó experimentalmente, pero esta vez con unos resultados sorprendentes. Descubrió que la preparación «magnetogeométrica» resultante poseía una potencia muy alta.

Estos primeros experimentos fueron relativamente simples: un frasco cilíndrico de cristal, que contenía agua purificada o una mezcla de sacarosa y lactosa (sac-lac), fue colocado en el centro del dibujo geométrico correspondiente al remedio homeopático en cuestión, Después de aproximadamente diez minutos, descubrió que el frasco contenía una réplica casi imperceptible de la potencia de ese remedio determinado.

Durante los años siguientes, Rae perfeccionó tanto las cartas geométricas y el propio simulador de potencias, que éste evolucionó hasta su forma actual. Se trata de un instrumento peque­ño, compacto y portátil capaz de producir remedios dentro de una amplia gama de potencias.